martes, 2 de diciembre de 2014

20

«¡Solo espero!», gritó casi sin aliento el desdichado Uno antes de su inmisericorde e inminente ejecución, «¡solo espero de corazón no ser el último!».
Estaba solo bajo la sombra del muro, cara al silencioso pelotón. Hacía poco tiempo que el Nueve, cobarde taciturno, había huido en busca de agotar la siguiente década, y todos los otros, insensibles cortesanos de Decenas, miraron discretamente a otro lado.
La Veintena, entusiasmada en su idea de un imposible y nuevo Imperio de Mil Años, levantó los fusiles y jugó a hacer puntería al poco de llegar la medianoche.
Luego, según costumbre, se encendieron velas, y fácilmente se hizo como si nunca hubiese ocurrido nada.

m.