jueves, 20 de marzo de 2014

Intrahistoria (XXXII): Día internacional de la felicidad

- ¿Ahora?
- No.
Punción. Grito.
- Bien. ¿Y ahora?
- No… No.
Jarabe. Arcada.
- ¿Ahora?
- ¡He dicho que no! ¡No, maldita sea!
Los doctores del ministerio se observaron entre ellos con aséptica contrariedad; una ceja más curvada de lo habitual, unos dedos temblorosos bajo el guante desinfectado. Después de toda una mañana de inyecciones e ingestas de revolucionarios y novísimos compuestos que acabarían para siempre con la lacra de la apatía y el desespero nacionales, los resultados no podían calificarse de otro modo que decepcionantes y estériles. No se habían apreciado cambios significativos en ningún paciente, al menos cambios psíquicos, porque los físicos habían actuado, según lo planeado, con rapidez: Sellados los lacrimales y bloqueados diecisiete músculos faciales, todos los otrora llamado voluntarios eran la viva imagen de la dicha. Pero el espíritu no parecía acompañar estos cambios. La felicidad era constantemente negada y rechazada.  Tal vez, después de todo, la ciencia tuviera que claudicar, hincar la rodilla y reconocer que no era capaz de regalar al pueblo llano e ignorante de sus virtudes la felicidad permanente. Reconocer que no podía abarcarlo todo. El fracaso.
Aquello, por supuesto, era a todas luces imposible. Así que los doctores optaron por el último tratamiento, el de choque y urgencia, e hicieron llamar al hombre con el martillo que tan bien sabía dónde estaban todos y cada uno de los huesos de los pies.  
- ¿Y ahora?
Ninguno de los doctores había previsto antes sudores fríos, pupilas desbocadas y gimoteos indescifrables como síntoma previo al éxtasis anímico. Nunca habían considerado la posibilidad de que se quisiera huir de pura felicidad. Pero así fue.
- ¡Sí! ¡Sí! ¡Ahora sí! ¡Se lo juro! ¡Soy feliz! ¡Soy inmensamente feliz! ¡Créanme! ¡Nunca he sido tan feliz! ¡Suelte el martillo, míreme la cara! ¡Soy TAN feliz!
Al fin, se congratularon en aséptica celebración. Esto es. Esto ha sido siempre. Al fin este rostro feliz tiene las palabras a su medida.
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