viernes, 14 de marzo de 2014

Contenido

A veces, por unos instantes, paro el mundo. Nadie sabe que puedo hacerlo, y nadie se percata después. Si deseo silencio, lo quiero; y si lo quiero lo ordeno. No necesito susurrarlo. Entonces cojo al mundo por la garganta, apenas corto su respiración entre el índice y el pulgar, y todo se detiene a mi alrededor, como un lienzo con profundidad. Frenado en seco sin chirrido, sin atropello ni drama. Y yo suelo quedar en el centro de ese Universo detenido. Una gota de lluvia, haciendo las veces de avanzadilla, a punto de impactar en una imprudente cabeza calva, detenida a milímetros de la piel; una pelota pegada aún al empeine del pie de un niño, asfixiada toda posible aceleración y potencia. Un escuadrón de palomas recién levantado el vuelo. Las intenciones y ánimos clavados en los rostros, sin mutación. Amor, indiferencia, simpatía. La alegría y la cólera convertidas en apatía inmutable. Lo detengo todo cuando quiero y permanezco entre el bosque de miradas cruzadas y secas, y de ojos necesitados de colirios.
Reprimo la tentación de hacer y deshacer a mi antojo. Me suele bastar con saber que el mundo es mío. No hago nada más que escuchar el silencio y el vacío, saciándome de ambos. Alguna vez escudriño el lienzo, buscando alguna mirada delatora, alguna conciencia consciente y atrapada. Que me observe y lo sepa. Guardo alguna esperanza, hasta hoy vana. Soy un secreto.
Disfruto del silencio hasta que me abruma. Suelto la garganta, dejo correr el aire, y el mundo vuelve a moverse sin saber que he estado observando su inacción, que he sido testigo de excepción. Y yo, contenido, pienso que si quisiera…