«¡Te sangra la nariz!», gritaron, en algún caso con
vivos aspavientos. Y era cierto, Sandra Parma sangraba mucho, pero no le
importaba. Atravesó así la calle Orfao, rodeada y observada por muchos pares de
ojos curiosos y sorprendidos, con el mentón alzado y un incómodo regusto a
sangre en los labios. Una ambulancia pasó a toda velocidad junto a ella en la
dirección opuesta. Solo un par de calles más allá, al ya por entonces ex novio
de Sandra también le sangraba mucho la nariz, llenando de pequeñas y no tan
pequeñas manchas el capó deformado del coche que le había aplastado la cadera. Los
testigos no pudieron dar ningún tipo de explicación coherente: una pareja
discutiendo, un coche vacío, detenido y estacionado que se movió solo, aquel
pobre muchacho pegado a la pared. Si los estertores le hubieran permitido
hablar, el joven Tomás habría aclarado que Sandra no llevaba bien las
infidelidades.
jueves, 1 de agosto de 2013
viernes, 12 de julio de 2013
Mil pesetas
Todos los domingos la familia iba a visitar al pueblo
al solitario abuelo, que normalmente agradecía poco las atenciones y trataba de
recluirse lejos, donde solo contaran el vino y él. Aún así, el abuelo siempre
llamaba a su lado a su nieto Damián y, tras una escueta charla sobre los
valores de la vida y la necesidad de la hombría en los tiempos que le tocaban
vivir, le daba un billete de mil pesetas como premio a sus talentos, que para
el abuelo eran muchos.
«Nunca le digas nada de esto a tus hermanos, hijo
mío, porque son mediocres, son torpes y no quiero que cojan ni un duro de mi
dinero. No lo merecen ni una miseria de lo que lo mereces tú. No son ni de
lejos como tú. ¿Me entiendes, hijo?».
«Entiendo, abuelo».
Damián entendía perfectamente, como siempre, y jamás
se le habría ocurrido contradecir al abuelo. Por eso nunca le dijo que
realmente no tenía hermanos ni los había tenido nunca, pero que se había
encargado de reclutar entre la juventud local a tres chiquillos que leían y
sumaban bastante peor que él. Tras cada visita y ritual de ganancias, Damián los
reunía lejos de la pobre mirada del abuelo y de su aún más castigado oído, y
repartía entre ellos trescientas pesetas por las que nadie hacía ni una
pregunta.
«Seguid
pareciendo estúpidos», decía Damián. «Pronto llegará a darme trescientas más».
viernes, 5 de julio de 2013
Insumisos
Márquez tenía un cariño especial y sobrio por los
escaparates, un respeto reverencial. Recordó en voz alta y con clara intención
moralizante cómo pasaba de cristal a cristal cada navidad, dejándose llevar por
la luz y el sonido. Cómo los ojos se le llenaban de artificio y pomposidad
festiva. Aquella pared transparente separaba dos mundos bien distintos, pero lo
anhelado siempre solía estar en el otro lado y era una frontera que casi nunca
podía cruzarse. Aún así, Márquez comentó todo esto con la emoción contenida que
se da a un ambiguo recuerdo infantil. Y lo dijo porque, mientras bebíamos
cerveza sentados en el clásico tejado de pizarra de una casa que no nos
pertenecía, unos chavales la tomaron a pedradas con los escaparates de algunos
comercios de la calle, hasta que los hicieron saltar en pequeños pedazos.
Márquez se sintió terriblemente violento, pero resignado, y se limitó a comentar
que ya no se respetaba nada, y que eso era mucho peor que no respetar a nadie.
Sonaron las alarmas de algunos locales, pero solo la
hojarasca y el aire frío fueron a atenderlas. Los chiquillos salieron de entre
los cristales rotos cargando todo lo que podían abarcar sus brazos, desde
televisores a cajas de zapatos. No muy lejos, aún cerca de nuestra vista y de
nuestros oídos, la ciudad se dejaba quemar por todos sus costados. Pensé que
era como una adolescente incauta que va a al cine de verano sin una amiga o un
aguerrido escudero: cada cual tomaba su parte. El miedo finalmente había
desaparecido, y las personas eran libres. Más libres de lo que nunca habían
sido, y de lo que jamás había sido razonable ser. Nosotros lo vimos todo,
indecisos como antiguos electores perezosos: vimos volcar los coches patrulla,
derribar señales de tráfico, ocupar en masa sucursales bancarias, alzar
corbatas y chaquetas como estandartes, renegar de cualquier propiedad, incluida
la propia. Vimos a un mundo dejándose y quemando su último cartucho, porque ya
no quedaba ninguna autoridad por obedecer, y porque era improbable que fuera a
alzarse alguna mientras quedara alguna norma por quebrantar.
Las tejas crujían a nuestros pies, como una amenaza,
pero no nos importó. Recordamos ambos en silencio cómo empezó todo. Recordamos a
aquellos pioneros que, hacía meses – que se habían alargado como años -, se
negaron a volver a pagar peajes en las autopistas…
Suscribirse a:
Entradas (Atom)