viernes, 5 de julio de 2013

Insumisos

Márquez tenía un cariño especial y sobrio por los escaparates, un respeto reverencial. Recordó en voz alta y con clara intención moralizante cómo pasaba de cristal a cristal cada navidad, dejándose llevar por la luz y el sonido. Cómo los ojos se le llenaban de artificio y pomposidad festiva. Aquella pared transparente separaba dos mundos bien distintos, pero lo anhelado siempre solía estar en el otro lado y era una frontera que casi nunca podía cruzarse. Aún así, Márquez comentó todo esto con la emoción contenida que se da a un ambiguo recuerdo infantil. Y lo dijo porque, mientras bebíamos cerveza sentados en el clásico tejado de pizarra de una casa que no nos pertenecía, unos chavales la tomaron a pedradas con los escaparates de algunos comercios de la calle, hasta que los hicieron saltar en pequeños pedazos. Márquez se sintió terriblemente violento, pero resignado, y se limitó a comentar que ya no se respetaba nada, y que eso era mucho peor que no respetar a nadie.
Sonaron las alarmas de algunos locales, pero solo la hojarasca y el aire frío fueron a atenderlas. Los chiquillos salieron de entre los cristales rotos cargando todo lo que podían abarcar sus brazos, desde televisores a cajas de zapatos. No muy lejos, aún cerca de nuestra vista y de nuestros oídos, la ciudad se dejaba quemar por todos sus costados. Pensé que era como una adolescente incauta que va a al cine de verano sin una amiga o un aguerrido escudero: cada cual tomaba su parte. El miedo finalmente había desaparecido, y las personas eran libres. Más libres de lo que nunca habían sido, y de lo que jamás había sido razonable ser. Nosotros lo vimos todo, indecisos como antiguos electores perezosos: vimos volcar los coches patrulla, derribar señales de tráfico, ocupar en masa sucursales bancarias, alzar corbatas y chaquetas como estandartes, renegar de cualquier propiedad, incluida la propia. Vimos a un mundo dejándose y quemando su último cartucho, porque ya no quedaba ninguna autoridad por obedecer, y porque era improbable que fuera a alzarse alguna mientras quedara alguna norma por quebrantar.

Las tejas crujían a nuestros pies, como una amenaza, pero no nos importó. Recordamos ambos en silencio cómo empezó todo. Recordamos a aquellos pioneros que, hacía meses – que se habían alargado como años -, se negaron a volver a pagar peajes en las autopistas…