miércoles, 19 de noviembre de 2014

Siberia

Hacía frío allí donde dormía. Me di cuenta cuando, al poco de pisar su suelo por vez primera, mis hombros ateridos fueron a rozar mis orejas casi sin darme cuenta. Hacía mucho frío, y el aire, al salir de la boca, se volvía visible donde él dormía. Pero nunca le vi tiritar, ni justificarlo a las visitas, que habría sido lo corriente. No, al contrario. Se regodeaba en ello, en silencio, y respiraba profundo, guardándose todo lo posible en la tráquea. Piel siempre descubierta, pies siempre descalzos. Y hacía tanto frío, donde él dormía.
Por qué. Qué pregunta. Corría sangre por sus venas, explicó una vez con cierto fastidio, y aquel calor, más que suficiente, le parecía ya excesivo.