lunes, 6 de enero de 2014

A presión

El psiquiatra, principalmente, quiso saber por qué, e insistió mucho en ello. Por qué retorcía los cuellos de sus víctimas de esa manera o, más bien, por qué lo hacía tantas veces, con tantas vueltas y con tanta saña.

Respondió con mucha sinceridad que no sabía o no estaba seguro de saber, aunque comentó que solía venirle a la cabeza un recuerdo infantil que, enterrado, había sobrevivido a la devastación que horas de cultura televisiva habían provocado en su memoria. Que su padre, cuando era solo un niño, le recordaba con bastante frecuencia que cerrara con fuerza las botellas de refrescos para que no perdieran el gas.