sábado, 4 de mayo de 2013

Chisme


En mitad de la noche me despertó Carlo muy sobresaltado, evitando por poco una bofetada inconsciente y somnolienta, aunque probablemente merecida. No le importó lo feo del gesto. Estaba muy alterado, y cuando pude poner la cabeza en orden y volver al mundo real pensé que no era para menos. Al parecer alguien estaba manteniendo una conversación muy viva y fluida en el piso de arriba, y por muy banal que pueda sonar en principio, era algo como poco reseñable, considerando que nuestra vecina, la que debería ocupar ese mismo inmueble sobre nosotros, había muerto hacía un mes por no aguantar mucho más la edad, y desde entonces la casa había quedado vacía.
Como Carlo siempre ha sido un alarmista, traté de buscarle sentido a la situación, que en mi confuso estado tenía su qué. Seguramente, dije, tengamos nuevos vecinos. Han podido llegar esta tarde, continué, y los nervios no les dejan dormir, que yo les entiendo. El espíritu de Paquita, o qué sé yo. Ve a dormir, Carlo. Les invitaremos a un coctel mañana.
Pero él no estaba de acuerdo, al menos en lo de irse a dormir. Insistía en que nadie se había mudado allí arriba,  que él no se había enterado, que aquello era muy extraño y que empezaba a asustarse. 
Podía dar fe de su palabra porque era un chismoso de cuidado y estaba bien al tanto de todas las novedades del edificio. En ese momento yo ya había perdido el sueño y en cambio había ganado mucha curiosidad, así que le aseguré que descubriríamos qué estaba pasando. Me levanté con la pesadez muscular de rigor y fui a la cocina a por un vaso de cristal.
Habíamos visto una película de espías esa tarde y estaba inspiradísimo.
Le pedí a Carlo que me sujetara las piernas cuando me subí a la cajonera. Pegué el vaso al techo y la oreja al vaso. Parecíamos críos (y él contribuía al rejuvenecimiento intelectual, riéndose por lo bajo como un preadolescente idiotizado), pero conseguí escuchar conforme el oído se me iba afinando y adaptando a las nuevas necesidades.
Efectivamente, había dos chicas arriba y, efectivamente, charlaban. Costaba distinguir más de dos palabras seguidas con claridad, pero a grandes rasgos parecían bastante nerviosas, inquietas, ya que habían escuchado a alguien hablando en el piso de abajo y eso era totalmente imposible, porque el ancianito que vivía debajo había muerto hacía un mes.
Luego Carlo me explicó que me puse muy blanco de repente, tanto o más que la pared, y me preguntó qué ocurría. Todo lo que se me ocurrió responderle fue que no estaba muy seguro de que invitarlas a un coctel fuese una buena idea.