lunes, 11 de febrero de 2013

Julio César


Al fin se blandieron los puñales, como los colmillos de una horrible bestia, brillantes pero oscuros, dispuestos sus terribles filos para morder su carne y rasgar sus entrañas.
- ¿¡Tú también, Bruto!?
Atormentado por el alcance de la conjura, la traición y el asalto, César retrocedió torpemente buscando una salida entre sus agresores y, acorralado al pie de la escalera, trató de protegerse con sus vestiduras de la violenta agresión.
- Tú dame la cartera o me vas a ver bruto de verdad.