miércoles, 20 de febrero de 2013

Disparo de salida


- Así que lo hizo – concluyó el juez.
La vieja y gastada celebridad, ahora ídolo caído, haciendo caso omiso a los consejos de sus abogados y a las súplicas de sus patrocinadores, alzó la mirada y miró al fondo de la sala, al cuadro, a la bandera, a la ventana y sus rejas. Miró a la nada, en realidad, y a ella quiso responderle.
- Sí.
- Disparó a su esposa – continuó el magistrado, incisivamente, para dejarlo todo perfectamente claro a los taquígrafos del juzgado -. Varias veces. La mató, y quiso hacerlo.
- Así es – el ídolo caído, que había sido un verdadero rayo sobre la pista, se tomaba ahora todo el tiempo que quería, rumiando cada letra y cada sílaba -. No tiene más sentido negarlo.
El juez carraspeó. Los taquígrafos dejaron de teclear. Se callaron también las cámaras de los periodistas. En realidad, parecía que todo acababa de silenciarse, que había muerto también a tiros. Solo quedó, como casi siempre, una pregunta colgando.
- ¿Puedo saber por qué lo hizo, señor Classius?
Max Classius, ídolo derrumbado y velocista abandonado, pareció durante un breve instante venirse abajo con la pregunta, como si nunca hasta ese momento se lo hubiera preguntado ni planteado. Parecía que las esposas que le atrapaban las muñecas estuviesen hechas de plomo y le fuesen a descoyuntar, pero logró rehacerse y aún pudo mirar a la cara al juez. Como había hecho durante aquellos Juegos. Durante aquellos días de gloria.
- La verdad – empezó a responder, con la voz pastosa y lenta -, creí que correría más rápido que ustedes.