lunes, 11 de noviembre de 2013

Bloqueo creativo (II)

 Luego está eso que llamo desde tiempos muy recientes la «paradoja de Cortázar»: que, sin ser precisamente uno de mis escritores más reverenciados, me resulta muy inspirador. En cualquier conversación sobre él siempre se me ocurren más contras que pros – un excesivo malabarismo del lenguaje, por ejemplo, o su obstinación apabullante con París, como si el resto del mundo fuese provinciano – y, sin embargo, hete aquí que leo alguna pieza suya y se me encienden las alarmas de las musas. De repente surge una frase, una idea, una atmósfera. Siendo nada más que un crío, leí en un libro escolar las primeras líneas de Rayuela, y las retuve durante años en la memoria hasta el momento en el que me decidí a abordar el libro. Aún hoy, cuando las sigo leyendo, me parecen mucho más relajantes que otros tantos comienzos de otros tantos libros que pongo muy por encima en mis gustos. Y el bueno de Julio, al que empiezo a creer que por cabezonería nunca colocaré en mi cima personal, seguirá acudiendo por mucho tiempo al rescate más ingrato que se haya visto.