domingo, 14 de abril de 2013

Zenón


Caía tanto la temperatura, y tanto para abajo, que nuestros sucesores en la cadena de la especie habrían podido hablar de nosotros como las torpes víctimas de la última glaciación, pero Filkenstein resistía– porque no se podía llamar a aquello de otro modo – desnudo y encogido, pero en pie, en mitad de la calzada, ofreciendo una estúpida y enternecedora estampa, abrazando cándidamente el punto de congelación y convirtiendo su dentadura en un nuevo y pegadizo instrumento musical. Desde la puerta de nuestra acogedora tasca le insistí en que volviera adentro y, bendito fuera, se vistiera de una vez, que iba a morir de frío allí mismo, pero él negó con su tintineante cabeza, en la que los témpanos iban a sustituir al poco cabello que le quedaba.
“¡Confío ciegamente en que están todos equivocados!”.