martes, 18 de diciembre de 2012

Tabacalera


Se dejaban caer el verano del año cuarenta y cuatro en Italia, y una buena cantidad de proyectiles explosivos. El soldado Frank Mathewson, que había estado fumando medio agachado bajo el frágil cobijo de un muro a punto de ceder y la terca insistencia de la artillería alemana, empezó  su cuarto cigarrillo cuando al fin los boches se cansaron de  tirar casi a ciegas. Ya se había disipado todo el humo y había caído toda la tierra en suspensión, cuando el mayor Sutherland atravesó las zanjas, cráteres y trincheras con largas zancadas, rodeándose de un repentino jardín de cascos y fusiles que comenzaron a brotar, y se plantó frente a Frank, al que unos cuantos ladrillos y algunos trozos de metralla no le habían abierto la cabeza por una simple cuestión de centímetros.

“Oiga, Mathewson”, le dijo, “yo admiro a los hombres valientes y a los patriotas. Me gusta tenerlos a ambos a mi lado, y que sirvan bajo mi mando. Pero, ¿valora usted poco la vida? ¿Sabe dosificar la suerte, maldita sea? Hace una semana saltó sobre aquel nido de ametralladora, sin que le alcanzaran ni una vez. ¡Atravesó corriendo cincuenta malditos metros delante de la boca de esa MG 42! Poco antes se plantó usted solo delante de aquel Tiger, y todos sabemos que le habría volado las pelotas si el cañón defectuoso no hubiera reventado. ¿Acostumbra a ver muchos cañones alemanes defectuosos? Usted siempre es el más expuesto, siempre corre en primera línea, ¡casi nunca lleva su casco! Pero nunca le han alcanzado. Se pasea a la sombra de la aviación enemiga y se permite el lujo de fumar debajo de su artillería. ¿Es que está loco, Mathewson, o es que estira demasiado su fortuna? ¿Cree que le alcanzará para llegar usted solo a Berlín?”.

Mathewson, cubierto de tierra y sin tener a mano su casco para cubrirse adecuadamente (como era habitual), se incorporó lentamente y se cuadró delante de su superior. El cigarrillo, que medio roto le colgaba de los labios, se le había vuelto a apagar.

“Mayor Sutherland, señor. Estoy muy tranquilo con eso, señor. Ya estoy pagando esa buena fortuna de la que habla, señor. Por cuotas”. Luego intentó enderezar el cigarrillo, porque era un hombre con un vicio muy marcado. Irresistible, solía decir. Pidió fuego y los alemanes parecieron escucharle, porque volvieron a tirar.

Cuando acabó la guerra supimos que el cáncer de pulmón le mató más o menos un año después de que se rindieran los alemanes. Tuvo la buena suerte, al menos, de poder pagarse el funeral y a una viuda llorosa para el caso con los réditos de la lotería.