sábado, 28 de marzo de 2020

Totum Revolutum (III)


El ascensor era lento. Deliberadamente lento, dijo Víctor. Fue más una suposición que una certeza. Porque nadie, añadió, está realmente seguro de cómo ha funcionado nada. Y lo creyó deliberado Víctor por una mera cuestión práctica, un coto al escapismo. Es lo que él habría hecho, si se le hubiera encargado la tarea de atar de pies y manos a la nación. Y es que si alguien hubiera conseguido lo que se suponía imposible, forzar la puerta de su propio confinamiento, una vez saltadas todas las armas y activados todos los mecanismos de represión, utilizar ese lento artilugio para huir habría sido totalmente contraproducente. Pero sólo era eso, una suposición. También una manera de matar el tiempo. El aislamiento no había erradicado totalmente uno de los trámites más amargos e incómodos de la Historia humana: la reclusión compartida y obligada en un ascensor. Lidia sólo respondió una tímida mueca y una mirada apenas de reojo.

- Entiendo – dijo Víctor – que no ha sido una suposición especialmente interesante. Nunca lo he sido, en realidad.

- No, disculpe – Lidia negó con la cabeza -. Creo que tiene usted razón. Es que pensaba en otra cosa, sólo eso.

- ¿La pintada?

La pintada, y su mensaje. Lidia no había esperado otra cosa que un profesional y burocrático silencio al respecto, tanto por parte de su compañero como por ella misma, y así había sido. Ningún comentario, ninguna apreciación, pero en la soledad absoluta de su cabeza se habían gestado multitud de interrogantes. Todos los que no habían existido durante el confinamiento; las guías de cuarentena del Gobierno habían insistido con mucho énfasis en la necesidad de no elucubrar, no especular, no imaginar. Todo eso podía acabar destruyendo una mente solitaria y aislada. Y ella, más por el convencimiento de su propia seguridad que por una fe ciega en las virtudes de la obediencia, siempre quiso cumplir las normas, pero en ese momento, ante aquella visión, notando por fin el frío del invierno en las mejillas y por tanto una cierta tendencia a la liberación personal, elucubró, especuló e imaginó. Retuvo el trazo desgastado del mensaje, tanteó sobre la antigüedad del mismo, la aparente tranquilidad con la que alguien se lo había tomado. Una clarísima violación de las leyes de cuarentena, ante sus ojos, y ante el trabajo más importante de su vida.

- La pintada, sí.

Víctor ladeó despacio la cabeza a un lado y a otro, y aquello pareció ser todo. Muy contenido y profesional. Muy burócrata.

- ¿Alguna suposición al respecto? – preguntó Lidia.

- Hay una más clara que las otras, si entiende por dónde voy.

- Lo hicieron después del confinamiento.

Si podía quedarse con una certeza, Lidia elegiría esa. Un año no había sido ni remotamente suficiente para borrar de su memoria los últimos instantes de sociedad, y los primeros pasos al individualismo, pese a que, igualmente, todas las guías gubernamentales al respecto habían aconsejado olvidarlo y “pasar página”, un ejercicio de amnesia voluntaria y forzada como medida para evitar desagradables episodios de estrés post-traumático y males similares; pero ella, y suponía que también todos los demás, aún recordaba: largas filas de a uno, policía militarizada allí donde se pudiera dejar la vista. Armas y focos, mucho de ambos. Manos pegadas al cuerpo, vista al frente y cuerpo erguido, disparos al aire, la voz estridente de los megáfonos llamando al orden y a la paciencia. Nadie habría podido pintar nada entonces sin arriesgarse a las más sinceras atenciones de la autoridad vigilante.

- Parece lo más evidente – dijo Víctor.

- No me gusta lo que significa eso, sea más o menos evidente.

- Tampoco a mí. Si alguien hizo eso…

- O no todas las puertas se cerraron bien – continuó Lidia -, o no se aisló a todo el mundo.

- O quizá ambas. No sabría decirle. La información fue limitada en las semanas anteriores, no sé si lo recuerda. Incluso para nosotros. Hubo una gran problemática en las zonas más rurales, apartadas… Fuera de los núcleos urbanos, en fin, todo se complicó mucho.

La inspectora lo vio claro entonces, llegó a ella una oportuna clarividencia: su partenaire se movía bien entre eufemismos. Al contrario que ella, probablemente llevaba a sus espaldas una férrea vida al servicio del ciudadano y la administración. Un servidor leal y recto. “Se complicó”. Era la forma más cordial y ausente de conflicto de llamar a los arrestos, arrastres y otras escenas propias de la brutalidad policial. De nuevo llegaron a la cabeza de la inspectora los focos en la noche y los disparos al aire, o más abajo. Algunas sombras cayeron en forma de bultos. Y nadie pudo decir nada.

Se dio cuenta de que, efectivamente, no había superado completamente aquel día, y de que aquel condenado ascensor no llegaría nunca.

- Todo esto también es nuevo para mí.

Parecía que Víctor se excusaba por un reproche no verbalizado. Al fin y al cabo, cómo iban a saber ellos nada sobre algo. Lidia se quiso hacer ver comprensiva, pero en realidad intentaba ser prudente. ¿De qué conocía a este hombre? Hasta hacía unas pocas horas había sido un completo desconocido. Evidentemente no iba a dejarse llevar por una paranoia gratuita, aunque este incómodo efecto secundario ya se había anunciado como posible una vez se retomara el contacto con otros congéneres. Lo que a Lidia preocupaba, en realidad, era la posición que ostentara aquel hombre en la organización para la que ambos en ese momento trabajaban, a quién conocería, qué podría decir de ella, de qué podría hablar y de qué no. Y le preocupaba también no poder dejar de preguntarse por qué sentía que él era mucho más experimentado que ella. Por qué se estaba viendo como una especie de advenediza.

Probablemente nunca lo sabría, y en cierto sentido aquello la tranquilizó. Ya tendría que analizar demasiados perfiles durante las próximas horas.

- No se preocupe – respondió Lidia -. Tendremos que ir descubriéndolo. Juntos, usted y yo, hoy.
Víctor sonrió, aparentemente satisfecho con esta breve terapia de grupo.

- Es usted psiquiatra, ¿verdad, Lidia?

- Solía serlo, sí.

- ¿Ya no?

- Es relativo.

El inspector rió, lejos de la carcajada, pero aún así con indisimulada diversión.

- Creo que es justo la respuesta que esperaba.

- Hace un año que no veo a nadie – se justificó Lidia, aunque fuera a costa de lo que ella misma consideró una obviedad -. Imagino que volveré a serlo cuando abramos la primera puerta y haga la primera pregunta. Cuando tenga una primera conclusión, entonces, podré volver a considerármelo.

- ¿Usted estuvo en los primeros equipos de control?

Lidia asintió, pero con reservas. No participó de los primeros estudios clínicos, pero sí fue “llamada a filas” al poco tiempo de que todo trascendiera y se hiciera, más que público, evidente la magnitud del problema. No era funcionaria, ni se llegó a sentir como tal en ningún momento, pero se vio trabajando, y por momentos pensando, como una. Una llamada brevísima, un par de reuniones con directores generales de tal y subsecretarias de cual y, antes de poder caer en la cuenta, estuvo involucrada en primera línea en lo que la política, con la pomposidad habitual que con motivo se le atribuye, llamó “la mayor batalla de nuestra sociedad”.

- Pude trabajar los primeros casos del país – continuó explicando -, antes de que los números empezaran a escaparse de todo control posible que nosotros pudiéramos aplicar.

- ¿Fue cuando le pusieron aquel nombre? Tan aséptico. Tan literal.

- “Trastorno de multi-identidad inducida” – apuntó Lidia -. O “Wattenberg-Kelsen”. Los americanos ya lo habían bautizado unas semanas antes.

Y lo cierto es que les pareció bien, continuó. Era, a grandes rasgos, de lo que trataba todo. De la memoria tampoco se le terminaría de ir nunca el instante en el que recibió de un colega de Boston el – por aquel entonces – interesante caso de un hombre que afirmaba ser otros. Esto, en principio, no suponía el descubrimiento de la pólvora; la historia clínica de la psiquiatría estaba escrita sobre disociaciones de personalidad. Pero algunos elementos de ese caso en concreto resultaron lo suficientemente llamativos a los primeros terapeutas que lo trataron.

- Dejó de ser tan interesante y tan llamativo cuando empezó a extenderse – apuntó Víctor.

- Estoy de acuerdo. Nunca le he visto un interés morboso a mi trabajo, más allá de lo estrictamente profesional.

- ¿Lo infravaloró?

- Creo que todos lo hicimos – confesó ella -. Vivir sobre las vanidades puede hacer que acabes en la hoguera.

- Nos quemamos.

- Como cerillas. Pero ya poco se podía hacer. No creo que fuera previsible. No a ese nivel – enseguida Lidia tuvo la necesidad de excusarse -. No intento eludir ninguna responsabilidad…

- No me lo ha parecido. Lleva usted razón. Creo que alguien llegó a llamar a esto una “enfermedad gregaria”. No me podría parecer un término más acertado, ¿no le parece?

- Nunca lo he pensado en aciertos o fracasos, si le soy sincera. Pero si quiere mi opinión profesional…

- La quiero.

El concepto de gregarismo aquí está muy diluido, sentenció Lidia. De hecho, diría que es erróneo. Creo que en condiciones gregarias usuales esto jamás habría ocurrido, pero no vivíamos en ellas. La exposición, y no la usual vida en sociedad, fue la que nos llevo a esto. En todo caso, en cierto modo entiendo lo que hay tras esa denominación, y no me parece lo peor que se ha dicho. Algún gurú fue incluso un poco más lejos. Afirmó que habíamos llegado al “todos en todos”, a la existencia plena, al fin del sufrimiento por la individualidad.

- Un “Nirvana hoy” – aclaró Lidia, con más indolencia que sorna -. Y, en general, una verdadera estupidez.

- Y fue tratada como tal – apuntilló Víctor.

La recién y puntual frialdad en su compañero desconcertó durante un segundo a Lidia. Recordó esos “tratamientos”, también con más viveza de la que se habría creído capaz. Los grandes males siempre fueron acompañados de grandes exaltaciones: le vinieron a la memoria grandes multitudes clamando el advenimiento de una nueva era, un nuevo estadio en la evolución, el fin de todo el sufrimiento y la “empatía suprema”. Se formaron comunas, y en ellas se aceptaron con total naturalidad estas “personalidades prisma”, como se llegaron a llamar. Voces de importancia empezaron a alzarse manifestando no ser nadie, y ser todos a la vez. Estas muestras de fervor despertaron en un inicio algunas simpatías ciertamente condescendientes, incluso entre autoridades, que las vieron desde arriba con una ligera indiferencia; mejor eso que la histeria, se llegó a decir. Pero cuando ese fervor se empezó a tornar histérico, y cuando se dieron las primeras  y más inflamadas proclamas llamando a la resistencia contra las medidas gubernamentales, la simpatía se disipó. Hubo ametralladoras, pensó Lidia, forzándose a no decirlo en voz alta, y se tiñó de bermellón todo ese aire pacifista y new age con el que algunos habían intentado hacer más llevadera la crisis. Al decretar confinamiento y aislamiento no se mencionó al Nirvana. De un modo u otro, la palabra quedó oficiosamente proscrita para la posteridad.

Los tecnófobos, por su parte, entraron en una suerte de cruzada iconoclasta. Más agresivos, más vindicadores. Inmunes, llegaron a llamarse, haciendo suyo una especie de lenguaje vírico que caló muy bien. Tecnófobos asaltando tiendas de electrónica, quebrando pantallas con trozos de calzada, llamando al apagado general.

Lidia se preguntó qué habría sido de todos ellos, y habría escarbado aún más en la memoria de días truculentos y convulsos, los últimos de libertad, pero el ascensor se detuvo con sonido metálico especialmente crudo al llegar a la última planta del bloque. Las puertas se abrieron a ambos lados con poca ceremonia. Y aún menos pompa aguardaba en el pasillo que se extendía ante ellos. Una decoración de gris cemento que, con buen criterio, nadie se había molestado en decorar. Ninguna ventana ofrecía la esperanza de un breve vistazo al exterior. Aquellos eran bloques de confinamiento, edificios construidos con el único propósito de aislar, tumbas insonorizadas para pequeños faraones de aquel siglo. En aquel momento, ambos inspectores ya debían estar bien prevenidos contra el ascetismo impuesto de este nuevo mundo. Ya debieron entender que no podrían encontrar otra cosa. Pero, aún así, Lidia no pudo evitar sentirse sobrecogida al pensar que, detrás de cada robusta y maciza puerta sin pomo ni manillar habría una vida, deseando su aprobación para salir de allí, al fin.

- De acuerdo – dijo Víctor, en voz baja, como si temiera ser escuchado por los inquilinos, aunque fuera imposible -. Organicémonos, si le parece. Tenemos asignados todos los números de esta planta. Sugiero seguir un estricto orden numérico.

- No tenemos datos detallados de cada situación individual actualizados – había algunas notas de reproche en la simple información -. Apenas pinceladas. No podemos discriminar, en ningún sentido. Estoy de acuerdo con usted, Víctor. Hagámoslo así.

- Los protocolos están claros.

- Muy claros.

- Excelente. Vamos.

Ambos inspectores se dirigieron con paso pretendidamente firme a la puerta número uno, como todas las demás una verdadera lápida gris solamente decorada con un pequeño lector. Al tiempo, sacaron sus tarjetas, imprescindibles ambas para abrir, por vez primera en un año, aquella prisión individualizada. Otro mundo posible existía al otro lado. Un breve universo paralelo a punto de quebrarse. La nada o el todo. La negación humana suprema, pensaron ambos inspectores, con diferentes palabras y por diferentes vías.

La idea les dejó sumidos en unos minutos de silencio. Entendieron que ya apenas importaban, que probablemente nunca fueran a ser reclamados. El tiempo se había vuelto más elástico que nunca.

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