sábado, 24 de agosto de 2013

Queríamos romperlo todo

Tobias Vieregg, al que le pudieron sobre su intensa intelectualidad una presión arterial desmedida y carótida rota, nunca llegó a extender demasiado sus célebres Anotaciones de la Ira; o, más bien, las escribió mientras le aguantaron el cuerpo y la salud.
Noruego oriundo de Sarpsborg, tuvo por padre a un profesor de economía que tampoco vio venir la crisis y por madre a una total desconocida, a la que parece ser que nunca añoró abiertamente pero que, sin lugar a dudas, dejó en él una forma de ver la vida basada en la crispación y la agresividad psicológica. Pero no se puede decir de Vieregg que fuera un hombre violento, al menos no gratuitamente violento, y ni muchos menos peligroso. Era importante en todos sus planteamientos sobre la cólera el concepto de justificación, la idea de que la agresividad podía tener siempre su por qué, en las condiciones adecuadas. Un concepto que llevó siempre con férrea convicción hasta las últimas consecuencias; valga como ejemplo cuando, enfurecido por el mal funcionamiento de un cajero automático, utilizó todo el mobiliario urbano que estuvo a su alcance, y sus propios puños, para – como se justificaría después ante las autoridades – “ponerlo en su lugar”. No pocos sociólogos coinciden en señalar este hecho como icono y pistoletazo de salida de los boicots y ataques a los bancos de esta década. No en vano, varios de los detenidos por asaltar, dos meses después, una sucursal bancaria en Aarhus utilizando explosivos incendiarios caseros afirmaron ante la prensa que, como Vieregg, “ponían las cosas en su lugar”. Desde entonces Tobias Vieregg sigue siendo un estandarte de la indignación y de la respuesta agresiva a lo que muchos denominan “tomaduras de pelo sistemáticas”. Recientemente los tribunales italianos han decidido retirar varias de sus obras, entre las que se encuentra la presente, por considerarlas una incitación al vandalismo. La decisión provocó que más de un centenar de manifestantes acudieran a orinar sobre la fachada del Palazzo della Consulta de Roma.
Anotaciones de la Ira, posiblemente su obra más representativa, aplaudida por unos y aborrecida por otros, empieza en su misma primera línea con toda una declaración de intenciones. Y es que este autor nunca fue amigo de hacer esperar, ni de retrasarse a él mismo: “Como especie, queremos romperlo todo”. El humanismo de Vieregg, directo y cruel, no hace prisioneros. La irritación y la furia son indispensables en el comportamiento humano; las llama “válvulas de supervivencia”. Sin ellas el hombre, demasiado contenido para ser tal, caería en la locura y la psicosis. Las guerras y las agresiones entre iguales equilibran un mundo desbalanceado por el ser humano. Ciertas consideraciones hacia los individuos precisan de una respuesta necesariamente contundente.
“¿Qué es la vida?”, se preguntaba Vieregg en las Anotaciones. “Una excusa para la violencia, que es inevitable. Y, ¿qué es el hombre? Frustración e ira bajo carne y pelo”.
No cabe duda de que, fiel seguidor de sus propias tesis, su carácter era difícil y en vida le granjeó no pocos enemigos, aunque también algunos simpatizantes. Andrew Schmidt, de la Universidad de Ontario, calificó a Vieregg de “bárbaro con una pluma”. El aludido agradeció estas palabras “con la misma sinceridad con la que deseo sacarle los dientes” y prometió acordarse de Schmidt siempre que fuera a defecar, “que, afortunadamente, es a menudo”.
Se suele comentar que Anotaciones de la Ira se trata de un trabajo de autobiografía soterrada. Hay que considerar errónea esta tesis; el “de la Ira”, y no el “sobre” inexistente, es determinante para rebatirla. Valdría eliminar el “auto” y considerar a Vieregg un biógrafo, un anotador talentoso y suspicaz, considerar que la rabia misma se manifiesta y se expresa a través de él, como una entrevistada, y que intenta escupirnos a la cara una verdad que a muchos nunca dejará de parecerle incómoda y aborrecible: el hecho de que existan necesidades recíprocas, entre los seres humanos y la ira, de existir y entenderse mutuamente, de comprenderse como instrumentos mutuos sin los cuales todo es servilismo y mansa aceptación. Un panorama sombrío para nuestros tiempos que, afortunadamente, cabezas preclaras como las de Vieregg comprenden y asumen.

Las Anotaciones de la Ira, aunque incompletas, constituyen un imprescindible manual para la supervivencia y liberación de la especie, una doctrina que no distingue como punto de partida entre el fuerte, el débil, el hermoso o el feo en su llamamiento a que la sumisión, el pacifismo o la tolerancia son yugos consecutivos e indeseables que destruyen la delgada línea entre individuos y les privan de su orgullo y su dignidad. “Lo intolerable es una frontera inmediatamente distinguible”, apuntó Vieregg, “que llama a una respuesta sin necesidad de mesura. Lo intolerable no tiene por qué ser tolerado”.