martes, 4 de junio de 2013

Mal paso de un buen letrado

Mientras Don Joe Capralli me ofrecía un habano, un whiskey con hielo y un aviso, comprendí a la perfección una explicación bastante aproximada para llamar a aquella ancha calle el “Barranco del abogado” cuando sus robustos muchachos trajeron en agónicas y rudas volandas al bueno de Michael Santana. Bueno hasta hacía poco, al menos. Me resultaba difícil volver a imaginarle como el eficiente letrado que, en teoría, había sido mientras pataleaba y gimoteaba con aquella bolsa oscura en la cabeza. Era más sencillo, en realidad, tantear el por qué sin preguntarlo: un mal negocio en los caballos, alguna indiscreción fiscal, una relación estrecha de más con la Policía o una lengua inquieta y traicionera. Y aunque, en principio, esa lujosa y amplia avenida ya guardaba muy poco de un despeñadero, los chicos gorila de Capralli la devolvieron gentilmente a sus orígenes nominales gracias a un decimoquinto piso y a una generosa caída libre. Toda de cabeza, y toda hacia abajo.